viernes, 22 de febrero de 2013

1.-Chesire


Debía de encontrarse en alguna de las lunas de Quantos, pero ese dichoso planeta en concreto presumía nada menos que de mil cuarenta y tres cuerpos orbitando a su alrededor, de los cuales acertaba a saberse el nombre de veinte, a lo sumo. Y no: no se encontraba en ninguno de esos veinte. En sus bancos de memoria no aparecía ningún satélite de tales características. Bosques frondosos, más altos de lo que permitían las leyes impuestas por la Asociación Genética; tierra seca y quebradiza recubierta de agujeros llenos de agua clara… agua que no impregnaba la tierra de alrededor... tierra muerta, en la que sin embargo crecían árboles monstruosos. Aquel bosque era como un espejismo sobre una luna sin vida. El clima no tenía sentido, como si el satélite se resistiese con todas sus fuerzas a que las plantas alteradas le contagiasen su verdor. La propia agua se acumulaba en la superficie, en charcos circulares perfectos, en lugar de impregnarse en la corteza del satélite.  

Lo que uno aprendía (de las pocas cosas que se podía aprender) sobre Quantos, en sus días en la Academia Interestatal, es que dicho planeta, único habitante gigante del sistema de Petra, presume de mil cuarenta y tres cuerpos que gravitan a su alrededor. Ni uno solo de ellos alberga atisbos de contener o haber contenido vida, ni por supuesto de encontrarse en condiciones de desarrollarla. Entonces ¿qué demonios pintaba ese satélite girando entorno a Quantos? Cheshire analizó los parámetros que podía recordar del análisis, información de antes de que fuerzas desconocidas descompusiesen totalmente su nave. Según los datos el lugar debería estar congelado, a menos treinta grados Fahrenheit, no había posibilidades de conseguir más temperatura dada la poca luz de Petra que le llegaba al satélite. Y el calor no podía provenir del núcleo, más frío y muerto que un fruto seco. El aire era respirable, hecho impensable en un satélite Quantiano, y las plantas desconocidas, lo cual sólo desconcertaba más a Cheshire.

Dejó de cavilar. Sabía que Ofiuco la acabaría encontrando, era imposible no rastrear su nave. La energía simpática que cargaban desde que habían salido de la Estación dejaba una huella espaciotemporal demasiado perceptible como para no apreciarla. Ofiuco sabría encontrarla. Claro que esperaba que su “mente privilegiada” no concluyese que tenía que bajar a salvarla. Si su nave principal se descomponía como lo había hecho la auxiliar... podían tirarse allí semanas tratando de levantar una nave de 18.000 gigakilos sólo con energía simpática. Un juego muy divertido.

Debía sin embargo ponérselo fácil. Fuese lo que fuese aquello que había estropeado los sistemas de su nave, no había surtido efecto en su sistema biotecnológico integrado. El hardware podría haber sido afectado, pero seguía retroalimentándose de la energía simpática del cuerpo de Cheshire y no había dado señales de error. Conectaría su sistema a un amplificador de onda y esperaría a que Ofiuco se acercase para mandarle un mensaje con instrucciones. Utilizarían un teletransporte. Él ya debía estar cerca, y ella quería salir de allí cuanto antes.

Nota: no, no es ciencia ficción, sólo son sandeces, una detrás de la otra. 
¡Llévense las manos a la cabeza, queridos científicos!.

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